Diane Van Deren, la mujer que corre sin meta y sin tiempo

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La cirugía que la curó de epilepsia causó estragos en su percepción espacio-temporal: casi no tiene recuerdos ni percepción del paso de las horas. Por eso es capaz de correr por horas, sin parar.

El bolso de Diane Van Deren, igual que la puerta de su refrigerador, está lleno de esos papelitos amarillos y naranjas que se pegan en cualquier superficie. También tiene varios lápices, algunas piedras y palitos de madera, que son casi tan importantes como su teléfono celular.

Es que para esta mujer de 50 años, ir al supermercado supone una tarea que requiere ciertos esfuerzos: los post-it no sólo los usa para la lista de alimentos, son fundamentales para saber dónde dejó estacionado el auto y las cosas que debe hacer después. Las piedras y los palos los usa para marcar el camino cuando entrena, porque, pese a sus problemas, es una de las mejores exponentes de las carreras de largo aliento.

Para Diane, todo lo que está relacionado con el tiempo, la memoria y la ubicación es un desafío más duro que correr 80 km a través de las montañas rocosas de su querido Denver, en el estado de Colorado, Estados Unidos. Hace 14 años, los médicos quitaron una parte del lóbulo temporal derecho de su cerebro, un trozo del tamaño de un kiwi donde estaba la falla eléctrica que le provocaba convulsiones.

Desde siempre, Diane fue una mujer deportista; de hecho, alcanzó a jugar tenis en el circuito profesional cuando era Diane Kobs, su nombre de soltera. En la universidad conoció a Scott Van Deren, un joven amante de los deportes al aire libre y las maratones, con quien se casó.

Mientras estaba embarazada de su tercer hijo, los ataques de epilepsia que sufría se hicieron más agudos. La causa estaba en un golpe que había sufrido cuando joven. De joven también había tenido unos extraños episodios que recordaba como una especie de déjà vú, después de los partidos. Ahora las convulsiones eran graves y podía tener hasta cinco en la semana; los medicamentos no funcionaban. Tras pasar unos días de evaluación interna en el hospital, los médicos concluyeron que lo único que quedaba era la cirugía. Ella revisó las grabaciones de los videos que la mostraban en medio de un ataque y la imagen la horrorizó. En entrevistas posteriores reconoció que “nunca había visto con los ojos desorbitados y saltando sin controlar mi cuerpo, mientras sangre y saliva corrían por mi cara”. No quería que sus hijos la vieran así y aceptó la operación, aun cuando sabía que podía afectar las emociones y recuerdos, por la zona del cerebro que estaba involucrada.

Desde que despertó de la cirugía no ha vuelto a tener esas convulsiones. Pero ya no puede orientarse, le cuesta memorizar hechos, conversaciones y rostros. Tampoco puede organizar tareas simples y no tiene concepción de tiempo ni de espacio. Se pierde con facilidad y es incapaz de calcular cuánto tiempo ha transcurrido. Por eso marca el camino por el que debe volver a la casa, las cosas que debe hacer y a quién debe llamar.

En las paredes de su casa, muchas fotos le recuerdan los momentos más importantes de su vida, vacaciones y cumpleaños de sus hijos. Quienes la conocen hablan de una persona cálida, amorosa y preocupada por los demás, aunque nunca recuerda los nombres de las personas, tampoco las conversaciones, por lo que es habitual que repita todo una y otra vez.

 

Corriendo sin parar

El gusto por el deporte, sus cualidades físicas y el nuevo orden cerebral le dieron a Diane una nueva vida: hoy es una destacada ultramaratonista, que corre sin recordar cuánto tiempo lleva de ruta ni adónde debe llegar. Tampoco siente dolor. “Para mí, el tiempo solo pasa”, ha dicho. Su única concentración durante la marcha es el sonido que causan sus pies en el suelo, eso marca su ritmo. Su visión periférica también se ha visto afectada, por eso no es extraño que en algunas carreras tropiece.

No se cuestiona si la cirugía le ayuda a ser una mejor corredora, le basta con saber que con eso aleja las convulsiones, es su medicina. Para ella, cada día es un regalo que agradece y no hay más que eso. “Me gusta hablar acerca de cómo todos nosotros tenemos obstáculos en nuestras vidas. El mío fue la epilepsia”, repite en una charla motivacional a la que es invitada.

Tal ha sido su éxito que en 2008, Diane ganó la competencia denominada Yukon Arctic Ultra 300, una prueba que mezcla cerca 480 kilómetros de carrera en medio del frío extremo, con 40 grados bajo cero, nieve profunda y apenas siete horas de luz solar. Ella logró completar la carrera en ocho días, cuestión que ninguna mujer antes había conseguido.

A comienzos del año pasado, un equipo de investigadores de la Clínica Mayo la acompañó en una ascensión al Aconcagua, en Argentina. Los médicos querían medir las aptitudes físicas de esta mujer de 50 años. Bruce Johnson, cardiólogo y fisiólogo, fue parte de este equipo, de más de 20 personas, que se instaló en medio de las montañas para llevar a cabo este experimento en tiempo y escenario real. “Estábamos interesados en la convergencia de su historial médico, su capacidad probada para el rendimiento de resistencia y la exposición a altitudes extremas”, dijo Johnson a LN.

En la cumbre de los casi siete mil metros que mide el Aconcagua, el oxígeno disminuye hasta en un 40% y se generan cambios fisiológicos en el organismo, un estado de hipoxia similar al que se produce cuando ocurre una insuficiencia cardíaca o pulmonar, porque el cuerpo se trata de adaptar a esta falta. Por lo mismo, el rendimiento físico debiera disminuir, pero en el caso de Diane no ocurre así. “Ella vive en Colorado y tiene una amplia formación en altura y, por lo tanto, hizo excepcionalmente bien su ascenso del Aconcagua”, recalcó Johnson. Los resultados fueron muy interesantes y demostraron algunas adaptaciones únicas a sus años de formación. “Ella es claramente una atleta extraordinaria”, y no sólo por su historia médica. Las mediciones que se le hicieron demostraron que tiene el ritmo cardíaco y la presión arterial de una persona de 20 años de edad.

Diane no se cansa de repetir “mis piernas son como mis palabras; cuando gano una carrera, es como una demostración de que todos podemos superar las tragedias que ocurren en nuestras vidas”. Cuando llega a un punto determinado, el GPS para ella no es un elemento que la oriente a llegar a la meta, lo utiliza para dar las coordenadas y que alguien vaya por ella.

Fuente: Diario La Nación


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